La habitación estaba en penumbra. Las cortinas estaban corridas, y el suave murmullo del atardecer se colaba entre las rendijas. El aire olía a lavanda, como si alguien hubiera intentado, con esmero, crear un refugio de paz en medio del caos. Anne estaba acostada en la cama, de lado, mirando un punto invisible frente a ella. Su rostro aún lucía pálido, sus ojos hinchados por el llanto. No lloraba ya. El dolor había llegado a ese punto en que las lágrimas se secan, pero el pecho arde.
Alexander