Regreso de la tumba.
Eleanor bajó lentamente las escaleras de mármol de la mansión Delacroix. Cada paso resonaba como una declaración. El silencio de la casa no era vacío, era controlado. Había sido una mujer acostumbrada al orden, a la elegancia, a que todo ocurriera según su voluntad. Pero esa mañana, el silencio tenía otro matiz. Algo se había quebrado, aunque fuera apenas perceptible.
En el comedor, ya le esperaban el desayuno, el periódico, y Verónica, su asistente personal, de pie junto a la puerta, con el ro