Después del abrazo, el silencio cayó con un peso insoportable. La incomodidad se instaló en el ambiente como un velo espeso. Nadie parecía atreverse a pronunciar la primera palabra, hasta que Patrick, con el rostro endurecido y la mirada gélida, rompió ese mutismo.
Él se mostraba reacio a acercarse a la mujer que había creído perdida durante tantos años.
—¿Por qué fingieron estar muertos? —preguntó al fin, su voz tan fría y metálica que se sentía como un cuchillo atravesando el aire. No era la