El sol de la mañana se filtraba por las pequeñas rendijas de la cabaña. Wolf despertó con el cuerpo cubierto de calor, el dolor en sus músculos una protesta silenciosa contra el descanso. Se había dormido en una pila de pieles gruesas, el tipo de refugio que no había conocido desde que Freyja había comenzado su juego.
Borin, el jefe del Clan del Oso de Roca, estaba sentado junto al fuego central, afilando un hacha. A su lado, Gylfi, el Anciano, dormía profundamente, envuelto en mantas de lana. La paz del lugar contrastaba brutalmente con la desesperación de su huida y la reciente violencia en la cresta.
Wolf se levantó. Su cuerpo se sentía pesado, pero su mente estaba extrañamente clara.
—Gracias, Borin —dijo Wolf, su voz áspera—. Me salvaste de una muerte segura.
Borin levantó la vista, sus ojos severos pero cálidos. —Tu madre nos envió, Rey Wolf. Mi gente no olvida la sangre. Ella te esperó despierta hasta que escuchó que te desmayaste.
—¿Mi madre? —Wolf sintió una oleada de afecto.