El silencio que siguió a la irrupción de Wolf no fue vacío; estaba cargado de la presión de un millar de atmósferas. El golpe sordo de la puerta de servicio que aún oscilaba se sentía más fuerte que cualquier grito.
Freyja, vestida de luto, estaba congelada, su mano a un pelo de distancia de tocar el Gran Sello de Bronce. El triunfo se desvaneció, reemplazado por una mezcla de rabia y asombro helado. Ella vio los harapos de la capa, la sangre, pero, sobre todo, vio la altura, la forma de la cab