El silencio que siguió a la irrupción de Wolf no fue vacío; estaba cargado de la presión de un millar de atmósferas. El golpe sordo de la puerta de servicio que aún oscilaba se sentía más fuerte que cualquier grito.
Freyja, vestida de luto, estaba congelada, su mano a un pelo de distancia de tocar el Gran Sello de Bronce. El triunfo se desvaneció, reemplazado por una mezcla de rabia y asombro helado. Ella vio los harapos de la capa, la sangre, pero, sobre todo, vio la altura, la forma de la cabeza y la ira ardiente en los ojos. No había duda.
—Wolf —susurró Freyja, su voz al principio apenas audible, pero pronto endureciéndose con un filo de acero—. El Rey.
Gorok, el Capitán, que había desenfundado su espada para detener a un "impostor", se detuvo, confundido. Los ancianos intercambiaron miradas frenéticas. La máscara de Freyja no falló; cambió su estrategia al instante.
—¡Gorok, espera! —ordenó Freyja, su voz ahora era clara y autoritaria.
Se dirigió a Wolf con una calma que aterrori