El silencio que siguió a las palabras de la periodista fue tan denso que casi pude palparlo. Sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí, cómo los flashes se disparaban con más intensidad, cómo las libretas se abrían esperando mi respuesta.
Mi corazón latía con fuerza. Las manos me sudaban. Las piernas me temblaban bajo la mesa. Pero no iba a huir.
William hizo ademán de intervenir, pero lo detuve con un apretón en la mano. Esta era mi batalla. Tenía que enfrentarla yo sola.
—Con respecto a