Margaret nos recibió al otro lado de la puerta con una bandeja de té humeante y una sonrisa que no lograba ocultar la preocupación.
—Ya vi todo en la televisión. —Dijo, mientras entrábamos. —Estuvo increíble, señorita Helena.
—Increíble o terrible. No sé cuál de las dos. —Corregí fatigada.
—Increíble. —Margaret me guiñó un ojo. —Les puso los puntos sobre las íes a esas víboras. Nunca había visto nada igual.
—¿Dónde está Lucy? —Preguntó William.
—En su habitación. Ana la entretuvo con un rompeca