El Metropolitan era un despliegue de poder y dinero. Mujeres con joyas que valían más que mi vida, hombres con trajes que habían sido cosidos a mano en Savile Row, el murmullo de las conversaciones corteses y el tintineo de las copas de champán.
William caminaba a mi lado con una mano en la parte baja de mi espalda, tan cerca que podía sentir el calor de sus dedos a través de la tela. No sonreía. No saludaba. Solo miraba, con esa expresión suya que helaba la sangre, que decía “no te acerques, no