El despertador sonó a las siete, pero yo ya llevaba una hora despierta. La cama de William olía a él: a whisky caro, a cuero italiano, a algo oscuro que no sabía nombrar pero que reconocería entre mil. Había pasado la noche entrelazada a su cuerpo, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho, la presión de sus brazos rodeándome como si fuera a desaparecer.
Pero esta vez, al amanecer, él ya no estaba.
No dejó nota. No dejó mensaje. Solo el hueco de su cuerpo en la cama, todavía caliente, y