Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
Dormí en un hotel. No el de siempre. Uno cualquiera, de esos que tienen las habitaciones todas iguales para que no tengas que recordar nada. Pagué con tarjeta, subí, me tiré en la cama y no dormí. Di vueltas hasta que el sol empezó a filtrarse por la cortina. Entonces me vestí, salí, caminé sin rumbo y terminé en esta plaza que no conozco.
No sé cómo llegué aquí. El orden de las cosas se mezcla. Todo duele igual.
El teléfono está en mi mano. La pantalla apagada. La última conversación con Valentina. Mis palabras. Las suyas.
"El menos pelotudo."
Eso dijo. Eso escribió Camila. Eso leyó Rodrigo. Eso me mandaron.
No era solo una lista. No era solo técnicamente funcional. Era una broma. Un chiste interno entre ella y su asistente. Yo era la broma.
Me levanto del banco. Camino dos pasos. Me siento de nuevo.
No sé qué hacer con mi cuerpo. No sé qué hacer con nada.
El sol sube. La plaza se llena. Gente con niños. Gente con perros. Gente con vidas que no se rompieron esta mañana.
Una mujer pasa con un cochecito. El niño lleva una mochila con forma de dinosaurio. Va cantando. No sé qué canción. No importa.
Esa vida normal. Donde nadie recibe sobres anónimos con frases que destruyen todo.
Yo estoy sentado en un banco de madera, con un sobre en el bolsillo y un teléfono mudo, esperando que el mundo deje de girar.
No va a pasar.
El mundo sigue. Yo no.
El teléfono vibra.
Miro la pantalla. No es Valentina. Dije que no me escribiera. Y no me escribió. Cumplió. Por primera vez en todo esto, cumplió. No sé si eso es bueno o malo. Tal vez las dos cosas.
Es Mateo: "¿Dónde estás?"
No respondo.
Mateo: "Sebastian. No me hagas buscarte."
Escribo: "Plaza. No sé cuál."
Mateo: "Envía ubicación."
Se la envío. No pregunto por qué. No tengo energía para preguntar nada.
Apoyo el teléfono en el banco. Miro las hojas de los árboles. Se mueven con el viento. Todo se mueve. Todo sigue. Excepto yo.
"El menos pelotudo."
Esa frase no se va. Está pegada en mi cabeza. Como una canción que odias pero no puedes dejar de tararear.
"El menos pelotudo."
Podría haber dicho el más inteligente. Podría haber dicho el que más me gusta. Podría haber dicho cualquier otra cosa. Dijo eso.
Y se rió. Con Camila. Mientras veían la carpeta roja. Mientras ponían separadores de colores. Mientras decidían mi futuro como quien elige un electrodoméstico.
Mateo llega en veinte minutos. Menos. No sé. El tiempo sigue siendo raro.
Se sienta a mi lado en el banco. No me mira. Mira los árboles. Los niños. El cielo.
—¿Qué pasó? —pregunta.
—Llegó la segunda parte.
—¿Qué decía?
—El menos pelotudo. Eso dijo ella. De mí. En su oficina. A Camila. Y Camila lo anotó. Y Rodrigo lo consiguió. Y me lo enviaron.
Mateo no dice nada. Sigue mirando el cielo.
—¿Eso es todo? —pregunta finalmente.
—¿No es suficiente?
—Es suficiente para doler. Pero no es todo. No puede ser todo. Porque ella también dijo otras cosas. Dijo que eras el único. Dijo que no sabe estar sin ti. Dijo lo de las dos tazas.
—¿Y eso borra lo otro?
—No. Pero tampoco lo otro borra eso.
Cierro los ojos. El sol me da en la cara. No me molesta. Nada me molesta. Nada me importa.
—No sé qué hacer —digo.
—¿Quieres volver?
—No sé.
—¿Quieres no volver?
—Tampoco.
—Entonces quédate aquí. Un rato. No tienes que decidir nada ahora.
Mateo tiene razón. No tengo que decidir nada ahora. Solo quedarme en este banco, con este sol, con este dolor, hasta que sepa qué hacer.
O hasta que no pueda más.
El teléfono vibra otra vez.
No es Valentina. Es un número que no tengo guardado. El mismo de anoche. El que me escribió cuando estaba frente al edificio.
Abro el mensaje.
"¿Viste la segunda parte? ¿Duele, verdad? Duele más sabiendo que ella se rió de ti. Que eras un chiste. El menos pelotudo. El que quedó después de descartar a los peores. ¿Sigues queriendo volver?"
Miro la pantalla.
Mateo se acerca. Lee por encima de mi hombro.
—¿Quién es? —pregunta.
—No lo sé. Rodrigo. Alguien que trabaja para él. Isabel. No importa.
—¿Por qué te escribe?
—Para que no vuelva. Para que duela más. Para que me quede en este banco para siempre.
—¿Y lo va a lograr?
No respondo.
Escribo: "¿Quién eres?"
Tres puntos. Aparecen. Desaparecen.
"Alguien que quiere que sepas la verdad. Ella nunca te quiso. Necesitaba un marido. Cualquiera. Tú serviste. Nada más."
Guardo el teléfono.
Mateo me mira.
—No le creas —dice.
—¿Cómo sabes que no es verdad?
—Porque si fuera verdad, no se tomarían el trabajo de escribirte. Si ella solo te usó, ya ganaron. No necesitan seguir lastimándote. El hecho de que sigan escribiendo significa que tienen miedo. Miedo de que vuelvas. Miedo de que ella te quiera de verdad. Miedo de perder.
Lo miro.
—¿Cuándo te volviste tan sabio?
—Siempre lo fui. No me escuchabas.
Casi sonrío. Casi.
El teléfono vibra otra vez. El mismo número.
"Piensa. ¿Vuelves con alguien que se rió de ti? ¿Con alguien que te eligió porque los otros eran peores? ¿Eso es amor para ti?"
Miro el mensaje. Miro a Mateo.
—¿Qué le respondo?
—Nada —dice Mateo—. No le respondas nada. No le des lo que quiere. Quiere que discutas. Quiere que te enojes. Quiere que te alejes más. No se lo des.
Guardo el teléfono.
No respondo.
El sol sigue subiendo. La plaza sigue llena. Mateo sigue a mi lado.
Pasa un hombre con un perro. El perro me mira. Sigo al perro con la mirada. Se va. No vuelve.
Todo el mundo sigue. Yo no.
—Mateo —digo.
—Dime.
—¿Crees que alguna vez fue real?
—Sí.
—¿Cómo sabes?
—Porque la vi. En la conferencia de prensa. Cuando te tomó la mano. No se puede fingir eso.
—¿Y lo otro? ¿La lista? ¿La broma? ¿Eso también fue real?
—También. Pero la gente cambia. Ella cambió.
Cierro los ojos.
—No sé si puedo perdonarlo.
—Entonces no lo perdones todavía. Pero no dejes que Rodrigo decida por ti.
Miro el teléfono. El mensaje sigue ahí.
"¿Eso es amor para ti?"
No lo es.
Pero tampoco lo que dice él.
El amor no es solo una cosa. No es solo la lista. No es solo las dos tazas. Es las dos. Todo al mismo tiempo. El dolor y la ternura. El error y el perdón.
Todavía no sé si voy a volver.
Pero sé que no voy a dejar que un mensaje anónimo decida por mí.
Guardo el teléfono.
—Vamos —dice Mateo.
—¿A dónde?
—A desayunar. Llevo horas sin comer.
Me levanto.
Las piernas me duelen. La espalda también.
Pero estoy de pie.
Eso es algo.







