Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Valentina
El mensaje llega a las doce y dieciséis de la noche.
Lo veo a las siete y cuarenta y tres de la mañana siguiente.
Sebastian Varel. Doce y dieciséis.
Hoy Mateo hizo una pregunta. No tuve respuesta.
Me quedo mirando el mensaje.
Índice Dow se instala sobre mi pierna con la autoridad de quien no fue consultado sobre nada de esto y que claramente tampoco tiene intención de serlo.
No es sobre el plan. No es sobre Rodrigo. No es sobre nada que tenga una razón estratégica para existir a las doce y dieciséis de la noche de un jueves.
Lo que significa que Sebastian Varel, que en dos meses de negociación, contratos y apariciones públicas nunca dijo nada que no tuviera una razón calculada, mandó un mensaje a las doce de la noche sin ninguna.
Ese es un dato.
No sé exactamente qué tipo de dato. Lo que sí sé es que son las siete cuarenta y tres de la mañana, que tengo reunión a las nueve, que Índice Dow necesita desayuno, y que llevo dos minutos mirando un mensaje como si fuera a revelar algo distinto si lo miro suficiente tiempo.
No revela nada distinto.
Virginia Woolf escribió que una mujer necesita una habitación propia. No escribió nada sobre qué hacer cuando el hombre que va a ocupar la habitación contigua te manda mensajes a medianoche sobre preguntas sin respuesta.
Hay cosas que el canon feminista simplemente no anticipó.
Escribo la única respuesta disponible:
Entonces probablemente sí sabías la respuesta.
Lo envío.
Dejo el teléfono.
Hago el café.
Sebastian no responde de inmediato.
Lo cual también es un dato.
Índice Dow me mira con la expresión de quien no me cree nada desde hace cuatro años.
Justo.
El agente inmobiliario se llama Rodrigo.
El universo tiene sentido del humor. No siempre es gracioso, pero lo tiene.
Este Rodrigo lleva una carpeta con fotos impresas y plastificadas, habla con la energía de alguien que cobró comisión antes de tiempo en su cabeza, y nos saluda en la puerta del primer departamento con la calidez excesiva de quien sabe que somos compradores serios y quiere que lo sepamos.
—La pareja perfecta para este espacio —dice, abriendo la puerta con el gesto de quien revela algo histórico.
La pareja perfecta.
Betty Friedan llamó mística femenina a la idea de que una mujer solo es completa cuando forma parte de un par. Lo documentó en los años sesenta. Seis décadas después un agente inmobiliario de Aldenvera me lo confirma con carpeta plastificada.
El progreso es lento pero constante.
Sebastian me mira.
Yo miro el departamento.
El departamento tiene ventanas grandes, lo cual es lo único que tiene a su favor, porque también tiene una cocina diseñada por alguien que claramente nunca cocinó en su vida, un baño principal con una bañera que ocupa el cuarenta por ciento del espacio disponible, y una distribución que sugiere que el arquitecto tomó decisiones importantes un día que no estaba del todo bien.
—¿Cuántos metros? —digo.
—Ciento diez —dice el agente—. Muy aprovechados.
—¿Aprovechados cómo? —dice Sebastian.
El agente señala la bañera con la solemnidad de quien presenta una obra de arte.
—El área húmeda es generosa —dice.
—El área húmeda ocupa más espacio que el dormitorio de huéspedes —digo.
—Es que la bañera es de diseño.
La bañera es de diseño. Como si el diseño fuera un argumento para sacrificar el dormitorio de huéspedes. Como si en algún momento de la historia del capitalismo alguien decidió que las mujeres elegirían una bañera decorativa sobre un espacio funcional y resultó ser un modelo de negocio viable.
—¿De diseño de qué? —dice Sebastian.
El agente no tiene respuesta para eso.
Tampoco para la pregunta de Sebastian sobre por qué el clóset principal abre hacia adentro, lo cual significa que para abrirlo hay que retroceder hasta la pared opuesta.
Salimos.
El segundo departamento tiene el problema inverso: los espacios comunes son amplios pero los dormitorios son del tamaño de una idea de dormitorio, lo cual Sebastian señala con la precisión de alguien que mide espacios mentalmente antes de entrar.
—Acá no cabe una cama doble —dice, parado en el umbral.
—Caben dos individuales —dice el agente, con la esperanza de alguien que sabe que eso no ayuda, pero lo intenta igual.
—No dormimos en camas individuales —digo.
Es la primera vez que digo eso en voz alta.
Es técnicamente verdad porque está en el contrato, pero suena diferente dicho así, en voz alta, frente a un agente inmobiliario que nos mira con la satisfacción de quien acaba de recibir confirmación de algo que ya asumía.
Lo que me produce una incomodidad que no es exactamente sobre las camas.
Sebastian no corrige la frase.
Lo cual produce otra incomodidad completamente distinta.
Salimos.
El tercer departamento es el que funciona.
Piso doce, ventanas que dan a dos calles distintas, cocina diseñada por alguien que al menos conocía el concepto de cocinar, dormitorios con espacio suficiente para existir sin negociar cada centímetro.
Neutro en todos los sentidos que importan: no es de ninguno de los dos, no huele a nada de ninguno de los dos, no tiene historia de ninguno de los dos.
Es exactamente lo que necesitamos.
Caminamos por el departamento con la metodología de dos personas que tienen criterios distintos pero que saben exactamente cuáles son los criterios del otro. Sebastian revisa la orientación de las ventanas. Yo reviso el espacio de trabajo en el segundo dormitorio. Los dos terminamos en la cocina al mismo tiempo sin haberlo coordinado.
—Funciona —digo.
—Funciona —confirma Sebastian.
El agente nos mira con la satisfacción radiante de alguien que acaba de cerrar algo importante.
—Es que se nota —dice— cuando una pareja tiene claro lo que busca junta. Hay una energía. Una sincronía. Es casi como si el espacio los eligiera a ustedes.
El espacio los eligiera a ustedes.
Llevo diez años rompiendo techos de cristal en salas de directorio de Aldenvera. Diseñé mi carrera con la precisión de alguien que no iba a dejar que ninguna estructura le dijera lo que podía o no podía ser. Y el resultado de todo ese trabajo, según este jueves, es estar en un departamento del piso doce escuchando que el espacio nos eligió.
Ernesto Monteclair, que en paz descanse, debe estar en algún lugar sintiéndose absolutamente vindicado.
—¿Cerramos? —digo.
Firmamos los papeles en la oficina del agente a las doce y media. Sebastian firma con la misma cara con que firmaría cualquier otro contrato. Yo también.
En el ascensor de bajada Sebastian saca el teléfono. Lo mira un momento. Lo guarda.
—Entonces probablemente sí sabías la respuesta —dice, sin mirarme. Citando mi mensaje de esta mañana con el tono de alguien que estuvo pensando en eso desde que lo leyó.
—Eso dije —digo.
—Sí.
—No es lo que pensabas cuando lo leíste.
—No es lo que pensabas tú cuando lo enviaste.
El ascensor llega al lobby.
Las puertas se abren.
Ninguno de los dos agrega nada más.
Pero cuando salimos a la calle hay algo en el silencio que esta mañana no estaba.







