Mundo ficciónIniciar sesiónPOV: Sebastian
El reservado de la izquierda en el bar Cendra tiene tres reglas no escritas que Jorge el bartender conoce mejor que nadie: siempre libre los jueves, nunca interrumpir antes de la segunda ronda, y no preguntar qué se está discutiendo, aunque parezca que alguien va a perder algo importante.
Jorge aprendió esas reglas hace siete años.
Esta noche las aplica con la eficiencia de siempre.
Llegamos a las nueve como siempre. Mateo directo desde una reunión que según él fue innecesaria, lo cual en Mateo significa que fue necesaria pero que no llegó al resultado que quería.
Andrés desde su estudio en el centro, con esa energía específica de alguien que pasó el día resolviendo problemas concretos con medidas concretas y que por eso puede sentarse en un reservado un jueves por la noche sin llevar nada pendiente en la cabeza.
Yo llegué diez minutos antes que los dos.
Lo que en este reservado, después de siete años, es su propio dato.
Jorge nos trajo el whisky sin que nadie lo pidiera, lo dejó sobre la mesa sin decir nada, y se fue.
—Entonces —dice Mateo—. Valentina Monteclair.
—¿Qué pasa con Valentina Monteclair?
—Eso te pregunto yo.
Mateo Ríos lleva catorce años siendo la persona que nombra en voz alta lo que yo prefiero no nombrar. Lo hace con la precisión de un cirujano y el timing de alguien que sabe exactamente cuándo la guardia está baja.
Los jueves en el Cendra son su momento favorito.
Andrés Castellano levanta su vaso sin decir nada.
Andrés es arquitecto, lleva cuatro años siendo el tercero en este reservado, y tiene la cualidad específica de las personas que escuchan más de lo que hablan: que cuando finalmente dicen algo, generalmente es lo único que importa.
Esta noche todavía no dijo nada.
Eso también es información.
—Dieciocho meses —dice Mateo.
—¿Qué pasa con dieciocho meses?
—Que llevas dieciocho meses sin mencionar su nombre en ninguna conversación conmigo. Lo empecé a contar en algún momento. No sé exactamente por qué. Y entonces circuló lo del testamento y en cuarenta y ocho horas ya estabas en su agenda.
—Es una situación reciente.
—La situación pública es reciente —dice Mateo—. Lo que está pasando contigo lleva dieciocho meses. Esas son dos cosas distintas y los dos lo sabemos.
Tomo el whisky.
—Surgió una oportunidad —digo—. Hay condiciones en el testamento de Ernesto Monteclair que hacen conveniente una alianza. Tiene sentido para los dos lados. Las cosas avanzan bien.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Sebastian.
—¿Qué?
—Llevas catorce años contándome todo. Esta es la primera vez que te pregunto algo directamente y me das una respuesta que suena a comunicado de prensa.
—Es la respuesta que tengo disponible.
—No. Es la respuesta que elegiste dar.
Andrés hace un sonido pequeño. No es una risa. Es reconocimiento.
—¿Cuándo fue la última vez que no manejaste una situación? —dice. Sin tono retórico. Con la curiosidad genuina de alguien que quiere saber la respuesta de verdad.
El reservado queda en silencio.
Jorge pasa cerca, nos mira, y sigue de largo.
No tengo respuesta inmediata.
Eso tampoco es habitual.
—El punto —dice Mateo— es que la velocidad con que todo esto avanzó no cuadra con alguien que está manejando una oportunidad corporativa. Cuadra con alguien que llevaba tiempo esperando una razón para hacer algo que ya quería hacer.
No respondo.
Jorge trae la segunda ronda.
—Ya sé lo que es —digo finalmente.
—¿Sí?
—Sí.
—Bien —dice Mateo—. Entonces dilo.
Silencio.
—Es una situación compleja —digo.
Mateo deja el vaso sobre la mesa con más fuerza de lo habitual. No mucho. Lo suficiente.
—Sebastian. —Su voz cambia de tono. Ya no es el cirujano paciente—. Llevamos catorce años en este reservado. Catorce años donde me contaste cosas que no le dijiste a nadie. Esta noche, con todo lo que está pasando, lo único que me das es situación compleja.
—Mateo.
—No. —Se inclina levemente—. No me importa el negocio. No me importa Rodrigo ni el testamento ni la alianza. Me importa si estás bien. Eso es todo lo que te pregunto.
El silencio que sigue es distinto al anterior.
Andrés mira su vaso.
Yo miro el mío.
—Estoy bien —digo.
Mateo me mira durante un momento largo. Más largo de lo cómodo.
—¿Seguro?
—Sí.
Mateo asiente despacio. Toma el whisky.
—Está bien —dice. Con el tono de quien archiva algo que no cierra pero que decide no forzar más esta noche.
Me excuso un momento para llamar al chofer.
Cuando vuelvo Mateo y Andrés hablan de otra cosa con la naturalidad de dos personas que saben exactamente lo que acaban de hacer y que eligieron dejarlo ahí.
Pedimos la tercera ronda.
La conversación deriva. El proyecto que Andrés está terminando en el norte de la ciudad, un edificio de viviendas con una fachada que según él resuelve un problema que nadie le había pedido que resolviera pero que vio de todas formas.
Una decisión de directorio que Mateo lleva semanas procesando. Un restaurante nuevo que ninguno de los tres va a ir nunca, pero sobre el que los tres tenemos opiniones formadas.
Hablamos de todo menos de lo que Mateo vino a hablar.
Lo cual significa que el tema no está cerrado. Solo pospuesto.
Salgo del Cendra a las once y media.
Mi chofer espera en la esquina de siempre.
Me subo.
El auto arranca.
Mateo me preguntó si estoy bien.
Le dije que sí.
Intento construir el argumento de que era verdad: las cosas avanzan, el plan funciona, Rodrigo no tiene lo que necesita, la crisis de Varel está bajo control.
Todo eso es cierto.
También es cierto que llegué diez minutos antes que los demás al Cendra esta noche.
Y que cuando Mateo dijo su nombre fui el primero en levantar la cabeza.
Y que hay una diferencia entre estoy bien y estoy bien con esto.
El auto para frente a mi edificio.
Subo.
Me sirvo agua.
Abro el computador.
No trabajo.
Saco el teléfono.
Abro el chat con Valentina.
Escribo algo.
Lo miro un momento.
Lo envío.
Hay cosas que uno hace antes de poder calcular si debería hacerlas.
Esta fue una de esas.







