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Capítulo 14: Rodrigo mueve la primera pieza

POV: Rodrigo

Tengo una regla que aprendí de mi padre y que mi padre aprendió del suyo: nunca actuar sobre información incompleta.

La información incompleta es peor que no tener información. Con nada, uno espera. Con algo incompleto, uno asume. Y los supuestos son donde se pierden las guerras.

Esta semana tengo información incompleta.

Tengo el artículo de Inés Carrera, que es una pieza útil pero que no dice nada concreto. Tengo las fotos del cóctel y las apariciones públicas que se acumulan con una velocidad que sugiere urgencia. Tengo el departamento que eligieron juntos según lo que circuló en Aldenvera esta tarde, lo cual es un movimiento demasiado rápido para alguien como Valentina a menos que haya una razón que lo justifique.

Tengo el dato que llegó vía Hector: que algo entre Valentina y Sebastian es real, y que hay una diferencia entre lo que ella quería y lo que necesitaba.

Lo que no tengo es la pieza que conecta todo.

Las condiciones del testamento.

Ernesto construyó el Grupo durante cuarenta años con la misma metodología que aprendí observándolo de cerca: nunca dejes un flanco sin cubrir. Lo que significa que las condiciones del testamento no son aleatorias. Tienen una lógica. Y esa lógica explica por qué Valentina se está moviendo tan rápido.

El Grupo pasa a votación del directorio si Valentina no cumple. Eso lo sé. Tengo tres votos asegurados. Tengo dos más que pueden moverse si el argumento es suficientemente sólido.

Lo que no tengo es el argumento.

Sin esa pieza puedo sospechar. Puedo observar. Puedo construir hipótesis con la paciencia de alguien que lleva años esperando exactamente esta clase de oportunidad.

Pero no puedo actuar.

Y no hago movimientos sin poder sostenerlos.

Eso es lo que Valentina nunca entendió del todo sobre mí. Ve el encanto y asume que es todo lo que hay. Ve la sonrisa en las cenas familiares, el sobrino atento, el primo que siempre pregunta cómo están las cosas, y concluye que soy decorativo.

Lo cual me viene perfectamente bien.

Los subestimados tienen ventajas que los sobrevalorados no pueden imaginar. Y Valentina lleva diez años siendo la persona más sobrevalorada de cada sala que ocupa, incluyendo esta familia.

Ernesto la eligió a ella. Saltó una generación entera para dárselo todo a su nieta favorita. No porque Hector o yo no fuéramos capaces — entiendo este negocio con la misma profundidad que ella, construí las mismas relaciones, tengo las mismas conversaciones con los mismos directores — sino porque Ernesto tenía sus favoritos y no se molestó en disimularlo.

Eso lleva años siendo un hecho de la familia Monteclair que nadie nombra en voz alta porque la gente bien educada no nombra las injusticias de las personas que quiere.

Yo las nombro. Solo que en silencio.

Esta es la primera vez que puedo hacer algo al respecto.

Lo primero que hago esta tarde no es llamar a Hector ni a Isabel.

Lo primero que hago es escribirle a un contacto que llevo tres años manteniendo para exactamente esta clase de situación: alguien que administra un blog de chismes corporativos de Aldenvera con la discreción suficiente para publicar sin preguntar de dónde viene la información.

El mensaje es breve.

Testamento Monteclair. Condiciones específicas para la presidencia. Hay más de lo que se sabe. No confirmes ni desmientas. Solo pregunta.

El contacto responde en cuatro minutos: entendido.

No me va a dar la información que necesito. Pero va a crear presión. Y la presión hace que la gente se mueva. Y cuando la gente se mueve, comete errores.

Los errores son datos.

Mi teléfono vibra.

Hector.

—¿Viste lo del departamento? —dice, sin preámbulo.

—Lo vi.

—Eligieron rápido.

—Demasiado rápido —digo—. Confirma que hay una presión de tiempo que nosotros no vemos todavía.

—Las condiciones —dice Hector.

—Las condiciones —confirmo—. Ya moví una pieza esta tarde. Voy a llamar a Isabel ahora.

—Bien. Tenemos que saber qué dice ese testamento antes de que la boda ocurra. Después es más difícil.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo nos queda?

—Suficiente —digo—. Si nos movemos bien.

Hector cuelga.

Espero diez minutos.

Luego llamo a Isabel.

—¿Cómo está Valentina? —digo, con el tono de primo atento que practico con la misma consistencia con que practico todo lo demás.

—Bien —dice Isabel—. Ocupada. El departamento que eligieron es bonito.

—¿Lo viste?

—Vi fotos. Me las mandó esta tarde.

—¿Y Sebastian?

Pausa breve.

—También bien —dice Isabel.

La pausa dice más que la respuesta.

—Isabel. —Cambio el tono. Dejo caer la calidez exactamente lo suficiente para que lo note—. Necesito que me digas algo con precisión.

—¿Qué cosa?

—¿Qué tan rápido avanzó todo esto? No lo que dice Inés. Lo que tú viste.

Silencio.

—Rápido —dice Isabel finalmente—. Más de lo que tiene sentido si uno mira solo la línea de tiempo pública.

—¿Y si uno mira más allá?

—Entonces tiene otro tipo de sentido. Pero no sé exactamente cuál.

Proceso eso.

Hay algo real, hay algo calculado, y la línea entre los dos no está clara todavía. Lo que significa que alguien la está borrando deliberadamente.

—¿Valentina te habló alguna vez de las condiciones del testamento?

—No.

—¿Peralta?

—Peralta no habla de sus clientes con nadie. Ni conmigo.

—Lo sé. Por eso te pregunto a ti.

Silencio más largo.

—No tengo esa información, Rodrigo.

—Todavía —digo. No es una pregunta.

Isabel no responde.

—Necesito saber exactamente qué condiciones tenía ese testamento —digo—. No rumores. No interpretaciones. El texto. O algo suficientemente cercano al texto.

—Eso es difícil de conseguir.

—Lo sé. Por eso te lo pido a ti y no a otra persona.

—Voy a ver qué puedo hacer —dice Isabel.

—Bien —digo.

Cuelgo.

Me recuesto en la silla.

Valentina lleva años siendo la persona más difícil de mover en cualquier sala que ocupa. Cada vez que intenté un movimiento directo lo vio venir y lo cerró. Tiene ese instinto de alguien que aprendió a leer amenazas antes de que se materialicen.

Pero Ernesto le dejó una amenaza que no puede cerrar.

Porque viene de adentro. Porque viene de él. Y Valentina no puede defenderse de la persona que más quería sin contradecir todo lo que construyó sobre ese afecto.

Eso es la grieta.

Ahora solo necesito las condiciones exactas para saber dónde presionar.

Abro el cajón del escritorio.

Saco un sobre.

Lo miro un momento.

Lo cierro de nuevo.

Hay cosas que uno guarda para el momento correcto.

Todavía no es el momento correcto.

Pero se acerca.

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