Dos días después y la tensión seguía.
Jimena llegó más temprano que nunca aquella mañana. Aún cuando el aire en su oficina estaba fresco, cargado con el aroma del café recién hecho, y el sol comenzaba a filtrarse tímidamente por los ventanales altos, proyectando líneas doradas sobre el suelo de madera oscura. Afuera, la ciudad apenas despertaba, pero dentro de ella ya se libraba una guerra silenciosa.
La noche anterior apenas había dormido.
Y no fue por estrés laboral. Fue por él.
El ascens