La mañana cálida, casi sofocante, con un sol arrogante que se colaba entre los ventanales del edificio Dávila, proyectando rayos dorados sobre los pisos de mármol como lenguas de fuego. El cielo estaba limpio, pero el aire cargado. Como si la ciudad respirara algo más que calor… como si se anticipara a una tensión que aún no tenía forma.
Jimena llegó puntual, como siempre.
Sus tacones resonaban en el mármol como latidos disciplinados. Vestía un traje negro entallado que abrazaba su figura con a