Antonio recordaba el aroma de la lluvia golpeando los ventanales de su ático en Nueva York. Mia estaba allí, de pie frente a sus bocetos, con esa vulnerabilidad que siempre lo hacía querer destruirla o salvarla. Esa noche, la tensión que había crecido entre ellos durante meses, alimentada por contratos y miradas robadas en la oficina, finalmente se rompió.
Él la había acorralado contra el escritorio de roble, el mismo donde firmaban acuerdos de millones de dólares. Pero no había papeles de por medio esa vez. Sus manos, grandes y posesivas, se enredaron en el cabello de Mia mientras su boca reclamaba la de ella con una sed que no conocía límites. Ella no se resistió; al contrario, sus uñas se clavaron en la espalda de él, exigiendo más, rompiendo la barrera de seda de su blusa.
El calor era insoportable. Antonio la levantó, sentándola sobre el escritorio, dispersando sus dibujos por el suelo. Cada centímetro de piel que él descubría era un nuevo mapa de deseo. La luz de la ciudad ent