El pitido incesante del sensor de proximidad era un taladro en el cerebro de Mia. Fuera, en la vastedad implacable de los Alpes, Victoria Sepúlveda se acercaba. No era una figura de carne y hueso, sino una aparición fantasmal, la encarnación de la locura y la venganza, aferrada a una granada en cada mano como ofrendas mortales. La temperatura dentro del transporte blindado, que apenas unos segundos antes había sido un refugio de esperanza, se desplomó bajo el peso de esa presencia inquebrantable.
Antonio maldijo entre dientes, el rostro cubierto de hollín y sangre, pero sus ojos azules ardían con una intensidad que Mia nunca le había visto, ni siquiera en los momentos de mayor peligro. Era la furia de un hombre acorralado que protegía lo último que le quedaba por perder.
—¡Victoria es una experta en explosivos! —Antonio gritó, su voz rasposa por el gas y la batalla—. ¡Esa granada no es solo para el vehículo! ¡Está conectada a un detonador que activará el resto de las que debe tener