—¡No te detengas! ¡Hacia la selva! —gritó Antonio sobre el estruendo de las ráfagas automáticas que reducían su mansión a escombros.
Corrieron por el sendero trasero, esquivando los puntos rojos de los láseres que barrían la vegetación. El aire del Caribe, antes cálido y acogedor, ahora se sentía como una trampa húmeda. Mia sentía que sus pulmones ardían, pero el peso de Leo en sus brazos le daba una fuerza sobrenatural. Antonio iba delante, abriendo camino con un machete táctico, su cuerpo moviéndose con una agilidad que desafiaba sus heridas recientes.
Se adentraron en lo más espeso de la jungla, donde la luz de la luna apenas lograba perforar el dosel de los árboles. Cuando finalmente se detuvieron bajo un saliente de roca volcánica, el silencio de la noche fue interrumpido por un sonido que heló la sangre de Mia: un pitido electrónico, rítmico y agudo, que parecía emanar del propio cuerpo de Leo.
—¿Qué es eso? —susurró Mia, con el corazón martilleando en su pecho.
Antonio se a