La luz del amanecer se filtraba por las rendijas, tiñendo de un azul fantasmal la pequeña habitación. Leo estaba sentado en el suelo, pero no jugaba. Estaba absorto, dibujando patrones en el polvo acumulado sobre un viejo arcón de madera. Mia se acercó a él para darle un poco de agua, pero se detuvo en seco al ver lo que el niño estaba trazando.
No eran dibujos de aviones ni de animales. Eran fractales complejos, secuencias numéricas y diagramas que recordaban a las estructuras moleculares que