La explosión iluminó la noche alpina con una violencia que convirtió la nieve en espejos de fuego. Los restos del avión descendieron como meteoros de metal retorcido, pero entre el humo y el caos, dos paracaídas negros se abrieron como alas de cuervo contra el cielo estrellado. Mia caía con Leo apretado contra su pecho, el aire helado cortándole la respiración mientras la adrenalina era lo único que mantenía sus brazos cerrados alrededor del pequeño cuerpo de su hijo.
A pocos metros, Marcos descendía con una precisión militar, manejando su paracaídas para mantenerse cerca de ellos. Abajo, el manto blanco de los Alpes se acercaba a una velocidad aterradora, una trampa de hielo que prometía una muerte lenta por hipotermia si el impacto no los mataba primero.
—¡Busca el claro entre los pinos, Mia! —gritó Marcos, su voz apenas un susurro frente al rugido del viento—. ¡Prepárate para el impacto!
Mia cerró los ojos y protegió la cabeza de Leo con su propio mentón. El golpe contra la niev