Capítulo 14: La esperanza

El aire en el balcón era un látigo de hielo que azotaba el rostro de Mia, pero ella no sentía el frío. El grito que había desgarrado su garganta se extinguió en un sollozo seco mientras veía a Antonio asomarse al abismo por el que su madre acababa de saltar. El caos de la gala, los disparos y el gas azulado eran ahora un ruido de fondo insignificante comparado con el silencio mortal que empezaba a rodear a Leo.

​Antonio no dudó. Se giró hacia Marcos, quien sostenía al niño con una impotencia que le desencajaba las facciones. Los ojos de Antonio eran dos pozos de determinación suicida; ya no había rastro de la debilidad del hombre herido, solo la maquinaria precisa de un depredador que se negaba a aceptar la derrota.

​—¡Marcos, llévatelos al aeródromo! ¡Vuela bajo, mantén la presión de oxígeno al máximo! —ordenó Antonio, su voz cortando el viento como un acero—. Mia, ve con él. No te separes de Leo. Si su corazón se detiene, usa el desfibrilador manual que hay en el asiento trasero. ¡N
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