El viento de la montaña golpeaba las paredes de la estación de guardabosques con una violencia que amenazaba con arrancar el techo de madera podrida. En el interior, el aire era espeso, impregnado del olor a moho, ceniza y el aroma ferroso de la sangre que no dejaba de brotar del costado de Antonio.
Antonio yacía sobre una mesa de roble, su cuerpo antes imponente ahora parecía encogerse bajo la luz mortecina de la chimenea. Su piel había pasado de un color pálido a un gris traslúcido, y el su