El estruendo de los disparos a sus espaldas era el único motor que impulsaba las piernas de Mia. El frío le cortaba los pulmones, pero no se detenía. El bosque era un laberinto de ramas que la golpeaban como látigos y sombras que parecían cobrar vida.
—¡Leo! —susurró ella, con la voz ahogada por el pánico. No podía gritar fuerte; los hombres de Elena tenían oídos entrenados.
Se detuvo junto a un gran sauce llorón cuyas ramas tocaban el suelo cubierto de nieve. Allí, escondido en un hueco ent