El siseo del gas comenzó casi de inmediato, un sonido sutil, casi musical, que emergía de las rejillas ocultas entre las raíces de las orquídeas exóticas. Julián Varga retrocedió hacia la salida acristalada, asegurándose de que sus hombres bloquearan la única vía de escape con sus cuerpos y sus armas. La mirada de Julián no mostraba odio; mostraba la indiferencia de un hombre que descarta un objeto roto. Para él, Mia ya no era su hija, sino un cabo suelto más en una transacción internacional que no admitía errores.
—No lo hagas, Julián —la voz de Mia sonó extrañamente calmada, aunque sus dedos se enterraban en la carne del brazo de Antonio—. Si nos dejas morir aquí, pierdes el acceso a la clave criptográfica de los archivos del Proyecto Fénix. Antonio no los tiene. Yo los oculté en un servidor que solo reconoce mi rastro biométrico. Si mi corazón se detiene, la evidencia de tu alianza con Victoria se enviará automáticamente a todas las agencias de inteligencia del mundo.
Antonio sin