Lo primero que registré fue movimiento contra mi cuerpo.
Cálido. Suave. Insistente.
Abrí los ojos lentamente, todavía medio perdido en la rara neblina del sueño real. Alice estaba pegada a mí, su pierna enredada con la mía, su rostro enterrado en mi pecho. Sus caderas se movían en un ritmo somnoliento, inconsciente, rozándose contra mí de una forma que me mandó calor directo por las venas. Un gruñido bajo escapó de mi garganta antes de que pudiera detenerlo.
Alice se puso rígida de inmediato.
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