El metal frío del arma se presionaba contra mi pecho.
La mano de Alice temblaba, pero sus ojos no. Ardían con algo que nunca antes me había dirigido. Era una furia pura y sin diluir, mezclada con un dolor tan afilado que cortaba el ambiente en la habitación.
—¿Quieres que jale el gatillo? —preguntó, con la voz temblando de coraje—. ¿De verdad crees que debería matarte como compensación? Mataste a un hombre inocente y a su esposa...
—¿Inocente? —la interrumpí, y la palabra salió más fría de lo q