En el momento en que llegué a la oficina de Alex, me detuve. Dos soldados de complexión pesada estaban de pie afuera de su puerta. No guardias.
Soldados.
Había una diferencia. Estos hombres se veían como si pudieran derribar paredes con las manos desnudas. Ambos llevaban uniformes negros. Ambos portaban armas. Ambos permanecían perfectamente quietos. Mis pasos se ralentizaron.
Eso no era normal. Ni siquiera para Alex.
Fruncí el ceño y dije:
—Vengo a ver a Alex.
El soldado de la izquierda no se