44. Bala perdida.

Leonardo

Había logrado que Zaira se enamorara de mí. Aun así, aquella noche estaba tan callada que ni siquiera quiso cenar. Su madre y el niño también permanecían serios, sin dirigirme palabra. Marcos me había dicho que tal vez me encontraría con la hija de la señora, sin embargo, la mujer nunca apareció en el restaurante. No dije nada porque, al final, ese no era mi asunto. Mi incumbencia era Zaira… y lo bueno es que no había salido con ellos. Quizá se hubiera escapado, buscando la primera oportunidad.

Aún me sentía un poco ebrio, por haber bebido en la capital, pero después de una ducha fría se me pasó; más aún cuando Zaira empezó a hablarme, prácticamente insinuando que ya no tenía por qué reclamarme nada. Me imaginé que debía sentirse fatal. Ese era, en parte, el efecto que yo buscaba pero aun así me provocó culpa.

Ni siquiera la pasé bien con Angélica. Lo hicimos, sí, pero fue como no haber hecho nada. Me sentía obligado, atado a una relación por conveniencia, mientras ella seguí
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