92. Una trampa bien jugada.
Leonardo
Cuando llegamos a la frontera, el silencio fue lo primero que me golpeó.
El auto estaba ahí, abandonado. Sin rastros de movimiento, sin señales de que Zaleth estuviera aquí, no hay respuestas. Solo el viento levantando polvo alrededor de un vehículo que parecía burlarse de nosotros.
—No… —murmuré, bajándome de golpe.
Revisé el interior, el maletero, los alrededores. Nada. Absolutamente nada.
La rabia me subió de golpe. Sentí cómo la sangre me ardía en las venas.
—¡Maldita sea! —grité,