ASTRID
Todo era oscuridad. No una oscuridad cualquiera, sino esa densa y profunda que parece tener vida propia, como si respirara al ritmo de mi angustia. El silencio pesaba tanto como el aire; cada sonido era apenas un eco lejano, perdido entre sombras que parecían observarme. Sentía mis pies firmes sobre un suelo invisible, pero nada me sostenía realmente. Estaba sola. O eso creí.
Entonces, sin previo aviso, luces comenzaron a encenderse frente a mí, flotando en la penumbra como luciérnagas e