ASTRID
El sueño llegó como una ráfaga de viento helado, envolviéndome en un manto oscuro y pesado. Estaba allí, en una celda oscura y húmeda, el aire olía a moho y desesperación. Las paredes, hechas de piedra fría, estaban cubiertas de grietas por donde se filtraba la humedad. La luz apenas se colaba a través de una pequeña ventana enrejada, proyectando sombras alargadas y fantasmales sobre el suelo. Mi respiración era lenta y pausada, como si el ambiente me obligara a moverme con cautela.
—As