CAPÍTULO 51
RONAN

El comedor estaba en silencio. Tan grande, tan lleno de luz, y sin embargo… vacío. El desayuno se enfría sobre mi plato mientras remuevo el café con una lentitud absurda. No tengo hambre. No tengo sueño. No tengo paz.

El eco de lo que sucedió anoche aún me retumba en la cabeza.

Astrid, de pie bajo la luna, con los ojos abiertos como los de una loba atrapada, hablándome de un bebé que no estaba allí.

Aún puedo escuchar su voz temblorosa. El modo en que su cuerpo se aferró al mío como s
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