ASTRID
—Feliz noche. —me despedí de Freya. Fui a su ventana y me aseguré de que estuviera cerrada.
Después la cubrí con una sábana ligera, asegurándome de que su cuerpo no sintiera el frío que bajaba poco a poco con la noche.
Le acaricié el cabello, ese mechón rebelde que siempre se le pegaba a la frente cuando entrenaba, sudaba y se negaba a rendirse. Me dolía verla tan frágil y a la vez tan decidida.
Era solo una niña… pero estaba cargando el peso de un reino entero sobre los hombros y aún