ASTRID
Freya estaba en medio del campo, respirando con dificultad, su pequeño cuerpo cubierto de polvo, mientras Ronan se mantenía firme, imponente, observándola con ojos de acero.
Marina estaba sentada a mi lado, en silencio. Pero yo no podía quedarme tranquila. Cada vez que Freya fallaba un movimiento, cada vez que tropezaba o caía de rodillas, algo dentro de mí se retorcía.
No era mi hija, pero la sentía como mía.
—Está agotada —murmuré sin poder contenerlo.
Marina suspiró, sin apartar la