RONAN
El motor rugía suave, casi como un susurro bajo la música apagada del tablero. El cielo estaba cubierto, grisáceo, como si el mundo también presintiera lo que se venía.
Astrid miraba por la ventana desde el asiento del copiloto, el cabello recogido en una trenza suelta que dejaba mechones escapar por su rostro. Desde que salimos, no había dicho una palabra.
Yo tampoco.
Pero el silencio pesaba más que cualquier discusión.
—No podías haber ido sola —solté de pronto, sin poder contenerme má