ASTRID
No hizo falta que Ronan dijera más. Apenas susurró ese nombre —Naia— y todo se me revolvió por dentro.
La mujer que yacía en la cama, pálida, con la respiración débil pero viva… era su esposa. La madre de Lucian. La madre de Freya.
Sentí un nudo caliente subir por mi garganta, no de celos, ni siquiera de miedo. Fue algo más crudo. Confusión, sorpresa. Y sí… también una punzada de dolor.
Y entonces, antes de que pudiera moverme, escuché pasos corriendo.
—¡Mamá! —La voz de Freya resonó com