EUNICE
El auto se deslizaba por las calles humanas como si el tiempo mismo me estuviera jugando una broma cruel. Rony conducía en silencio, atento, mientras Catrina y yo íbamos en el asiento trasero. Mis manos no dejaban de apretarse sobre mis rodillas. La cabeza me latía al ritmo de la ansiedad que me consumía desde dentro.
Sentía morirme en cada latido, quería tener a mis niñas de nuevo y abrazarlas.
—¿Es este el lugar? —murmuré cuando el vehículo se detuvo frente a un gran edificio de pied