El jardín estaba cubierto por la suave luz de la luna y los focos de las lámparas que alumbraban el exterior alrededor de la mansión. El aire fresco acariciaba el rostro de Adara mientras estaba sentada en el césped con sus manos entrelazadas sobre las rodillas, mientras que los pensamientos rondaban en su mente, pesados, inquietantes, como si estuviera atrapada en un mar de incertidumbre. Su naturaleza, tan nueva y desconocida, ahora formaba parte de su existencia, y la carga que sentía sobre