El amanecer había comenzado a extender un tono grisáceo sobre el horizonte, como si el cielo estuviera conteniendo la respiración antes de un estallido inevitable. Ionela dormitaba recostada contra un árbol, agotada, mientras Adara permanecía en silencio, observando el claro como si pudiera ver más allá del bosque, más allá del tiempo mismo.
El equilibrio recién adquirido vibraba dentro de ella, cálido, latente, casi inquietante por su fuerza. La parte perdida que había recuperado no hablaba co