El murmullo constante del restaurante llenaba el aire, mezclado con el tintinear de copas y los pasos apresurados de los meseros. Gabriele cruzó la puerta con paso firme, el ceño fruncido, las manos en los bolsillos del abrigo largo, y los ojos encendidos por una furia que no se molestaba en disimular.
Cuando el leyó aquella nota, su rabia aumentó mucho más, convirtiéndolo en un animal furioso, con ganas de sangre. Una hoja doblada, sin firma, sin olor, sin rastros. "Si quieres volver a ver a