Días después.
Una tras otra, imágenes de Bonnie aparecían frente a Gabriele: atada, la mirada oculta, su piel perdiendo color día a día. Pero nunca un mensaje claro, nunca una demanda. Solo ese goteo lento de agonía, calculado para corroerlo por dentro.
Y Gabriele, el hombre que nunca se doblegaba, el que jamás dejaba escapar un gemido de dolor, se estaba desmoronando.
—¡Es él! ¡Solo Giorgio sería capaz de esto! —rugió, estrellando una foto contra la pared con tanta fuerza que el marco sal