Gabriele suspiró profundamente, una exhalación cargada de frustración y desapego. Giorgio, su hermano, le había causado suficientes problemas como para durarle toda una vida. Jaquecas interminables, noches en vela y un mal humor que no cedía. Había intentado ayudarlo de mil maneras, pero Giorgio era terco: no había forma de salvarlo si él no quería ser salvado. Gabriele había llegado a una conclusión fría. Si su hermano insistía en cavar su propia tumba, no iba a ser él quien lo detuviera. A pa