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Mis manos temblaban mientras Gabriele sonreía tan despiadadamente. Aún no podía entender cómo ellos podían ser tan crueles con inocentes. Todo esto era absurdo.

—Decídete, Abigail, no tengo todo el tiempo del mundo y hay cosas más importantes de las cuales encargarme.

Volteé a verlo. Quise gritarle todo lo que pensaba, pero hacerlo solo lo cabrearía y, posiblemente, alguno de los que estaban allí sería ejecutado.

—Yo puedo alejarme, pero no creo que tu hermano lo haga —le dije, conteniendo el l
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