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Cuando llegué a casa, encontré a Abigail sentada en la cama, con la mirada perdida en la nada. Parecía tan ausente que, por un instante, dudé si siquiera se había dado cuenta de mi presencia. Caminé lentamente hacia ella y me senté a su lado. Fue entonces cuando giró bruscamente la cabeza y me miró. Sus ojos estaban rojos e hinchados, evidencia de que había llorado durante mucho tiempo.

—Pietro está con tu hermano —murmuró con voz apagada.

Asentí en silencio.

—¿Por qué no me lo dijiste? Quiero
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