El silencio volvió a caer en la habitación, pesado, asfixiante. Solo el fuego de la chimenea crepitaba. Los ojos azules de la hembra estaban húmedos, brillando bajo la luz, y su pecho subía y bajaba con dificultad.
Raymond la miraba desde el borde del sofá, su cuerpo aún semihúmedo por la lluvia. Sus ojos verdes la atravesaban, penetrantes, cargados de una mezcla de incredulidad y alarma.
—Yo… como loba lunar… —susurró ella, temblando, con la voz apenas audible—. Tuve una visión.
El Alfa a