La Antártida no perdona.
No es metáfora. Es física pura: viento a cuarenta kilómetros por hora desde el noroeste, temperatura que cae a menos dieciocho al alejarse de la costa, y un hielo que cruje bajo los pies con la honestidad brutal de algo que no le importa si sobrevives o no.
Llevábamos tres horas marchando cuando dejé de sentir los dedos de los pies.
Cuatro cuando dejé de notar que no los sentía.
La columna avanzaba en orden impuesto por necesidad.
Viktor al frente, marcando ruta con una