Los cuerpos estaban dispuestos en fila, cubiertos por sábanas manchadas de un líquido negruzco que hedía a almendras amargas.
Cianuro. Un veneno humano para matar licántropos debilitados.
El asesino conocía nuestra fisiología. Sabía que la plata habría agotado las defensas de los refugiados, dejándolos vulnerables a toxinas que normalmente no nos afectarían. Había planeado esto con precisión quirúrgica.
Y había actuado bajo nuestras propias narices.
—¿Quién tuvo acceso a ellos? —La voz de Dante