El bote encalló en la playa con un crujido que resonó en el silencio del amanecer.
Corrimos hacia la orilla, Dante a la cabeza, su cuerpo todavía irradiando el calor de nuestra noche juntos. La marca bajo mi clavícula pulsaba al ritmo de mi corazón acelerado, recordándome que ya no era una extraña aquí. Era parte de algo más grande.
Algo que ahora estaba a punto de enfrentar una nueva amenaza.
Los refugiados eran cuatro, tal como Kael había dicho. Tres hombres y una mujer, todos con la mirada v