La noche se extendía sobre Isla Decepción como un manto de terciopelo negro.
Habían pasado tres horas desde que Dante convocó a su círculo más cercano —Henrik, Kael y yo— a la sala de mapas. Tres horas de planificación susurrada, de estrategias dibujadas en papel que luego quemábamos, de miradas que decían más que las palabras.
Patricia había sido movida a una cabaña en el extremo norte del campamento, custodiada por dos guerreros que desconocían la razón del cambio pero obedecían sin preguntar