La baliza roja parpadeaba como un ojo maligno en el horizonte nocturno.
Desde el primer bote, observé cómo Sera se giraba hacia nosotros, y en ese instante supe que ella también la había visto. Su rostro, iluminado intermitentemente por la luz roja distante, pasó del terror a algo peor: resignación.
—¿Qué es eso? —preguntó uno de los guerreros desde el tercer bote, su voz apenas audible sobre el rugido del motor.
—Una sentencia de muerte. —Dante apretó a Elena contra su pecho, sus ojos fijos en