La cabaña de Dante olía a madera de ciprés y a algo más profundo, más antiguo. A manada. A hogar.
Toqué la puerta con los nudillos temblorosos, el teléfono de Sera quemándome el bolsillo como si fuera hierro al rojo vivo. Cada segundo que pasaba era un segundo que Patricia respiraba sin saber que alguien planeaba arrebatarle ese derecho.
La puerta se abrió antes de que mi mano bajara.
Dante estaba allí, el cabello revuelto por un sueño que claramente no había llegado, los ojos dorados brillando