Las cinco manadas no se llevaban bien.
Eso era lo primero que Lucía entendió cuando el campamento unificado empezó a funcionar en los días que siguieron al ritual. No con hostilidad activa, no con violencia, no con ninguno de los conflictos que habría imaginado antes de conocer lo suficiente a cada grupo. Con la fricción silenciosa y constante de culturas que se han formado en aislamiento durante décadas y de repente comparten espacio, comida, turnos de guardia y criterios distintos sobre cuánd