Esa noche, Elia no soñó: caminó. La diferencia era sutil, pero definitiva. Ya no flotaba como espectadora pasiva, ni se perdía en paisajes simbólicos. Ahora, cada paso en el sueño pesaba. Tenía cuerpo, tenía olor, tenía temperatura. Era como si el mundo onírico se hubiera vuelto un territorio físico, real, aunque habitado por leyes distintas. No era un recuerdo: era un camino.
Elia sentía el peso de su cuerpo con cada paso: la humedad del musgo entre los dedos, el aliento tibio en la garganta,